Degenesis, intro de capítulo


Hola amigos. Vengo con vuestra droga. Sí, esa. Degenesis.

Estoy mega liado, ya sabéis que no paro, y me cuesta sacar tiempo para traducir el blog de Degenesis. Hoy tocaba (bueno, ayer de hecho) la siguiente entrada de su blog, pero no me ha dado tiempo.

Pero por suerte tengo algo quizá más jugoso. Resulta que una de las imágenes que tienen colocada en su web (ésta en concreto que os pongo aquí abajo) muestra la introducción de uno de los capítulos, pero claro, está en alemán y yo ni papa. Pero gracias a Pepinozombi, un usuario de Comunidad Umbría que sabe alemán, podemos disfrutarla en todo su esplendor. La verdad es que me ha gustado mucho y creo que la ambientación será muy muy interesante.

Sin más, os dejo con la imagen, y con la traducción después. De nuevo, aunque sea un pesado, quiero agradecer a Pepinozombi su desinteresada ayuda (y otra cosa más que llegará en unas semanas).

Que lo disfrutéis.

LA TIERRA DE LOS ELEGIDOS
PURGARE

Todos los años en la época de siembra tomaban el camino largo a través de los campos. Sus pantalones a rayas amarillas se volvían grises por el polvo, y su pelo aceitoso se apelmazaba bajo la mugre. Sobre los hombros cargaban con hoces y palas, y uno de ellos, adelantado, portaba una cruz de hierro forjado – la cruz partida de los anabatistas.- Sus fuerzas mermaban a cada paso, y en sus ojos bailaba el fuego que en época de guerra bien era capaz de quemar campos enteros.

Los pinos ensombrecían su camino. Pasaron por un altar con la imagen de la Buena Señora e inclinaron sus cabezas, y permanecieron en silencio como estaba mandado. Finalmente llegaron a la finca de los Catalanos. Raudas sirvientas llegaron con cubos para ofrecer, según las leyes de la hospitalidad, a cada alma un cazo de agua. Pero tal y como había venido sucediendo años atrás los convidados rehusaron. En vez de eso solicitaron entrar. Pero los portones no se abrieron ante ellos. Hablaron con el capataz, le pidieron su ayuda para arar los campos, pero aquello solo condujo al no rotundo de los Patriarcas.

Abbondia Catalano le negó a los rebautizados tierra y hogar durante 70 años. La Gonfalana, el estandarte de la Familia, estaba libre de la iconografía del culto: No había en ella ninguna cruz partida ni ningún acueducto. Solo hilos de plata cosidos en terciopelo azul; 300 años de tradición heredada de padres a hijos. Cada aniversario la sacaban de la Sala Riunioni a tomar la luz del sol, paseándola, año tras año, por todas las calles y callecitas.

Abbondia Catalano se hizo viejo. La gota había entumecido sus articulaciones y tenía la vista nublada de mirar a través de la brillante luz de El Patio. Su palabra todavía contaba para algo, a pesar de que su grave voz de barítono se había apagado.

Como todos los años los anabatistas volvieron también este año al portón de la finca. Como la procesión de la Gonfalana esto también era una tradición. Pero esta vez sus hijos lo habían presionado para que prestara oído a La Señora. Ellos le hablaron del largo camino de Dormstadt, que ella había tomado por su cuenta y que habría de llevarlos al Reino de los Cielos. Él sonrió. Llamar “Señora” a uno de aquellos monos greñudos no era apropiado, ni siquiera pertinente. Él se lo hizo saber pero sus hijos respondieron: no, no, eso no es así, Padre; y alabaron la belleza de la Emisaria y alabaron su gracia. Sus rostros flotaban alrededor de su campo de visión y estaban brillantes por el sudor. Al viejo le rodeó un aliento dulce. Echó fuera a sus hijos y empezó a pensar. Los días se habían vuelto aburridos y estos desconocidos prometían un cambio.

Agitó la cabeza y dijo: ¡NO!

Su familia pasaría por los siglos inmaculada del engaño de los anabautistas.

La olió antes de poder llegar a verla. Una mezcla de lilas y olivas, extraña e intensa. Sus hijos estaban a su lado. Había tres diamantes en su frente inmaculada y tenía la piel blanca como leche de yegua. Ella gravitó hasta él y no le pidió nada más que alivio para su dolor. El transigió con su buen aceite de oliva, con el que se masajearía la piel por la mañana, y que le haría sentir como un viejo burro tozudo. Ella inclinó la cabeza, le alcanzó la botellita verde y acarició su blanca cabellera. El calor se acumulaba en […]

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